Autoedítate, tonta (i/iii)

Antigua imprenta

por Munir.

Hace poco, y por razones para mí oscuras, me han invitado a participar en dos antologías, una de poesía y otra de relato. En ambas ocasiones se me pidió que enviase una suerte de semblanza biobibliográfica, y en ambos casos incluí en dicho texto las siguientes palabras: “entiendo la autoedición como una forma de militancia”. Lo que sigue es un ensayo titulado “Autoedítate, tonta”, que he escrito a petición de mi editor y que publico dividido en tres partes por acuerdo del agente de dicho editor con mi propio agente. Tomen asiento y déjense llevar.

He oído hablar de algún suburbio
he oído hablar de algún distrito
he oído hablar de algún disturbio.
Gerardo Palahniuk

A todos nos han dicho alguna vez, de una u otra manera, que una variación en las condiciones materiales implica necesariamente una variación en la ideología, en la superestructura. Algunos hemos escuchado la frase tal cual, tal cual la he escrito yo hace un momento. Otros habrán oído que el Corán prohíbe comer carne de cerdo por no sé qué asunto relacionado con la triquinosis, y otros simplemente habrán razonado que hasta que no hubo pianos no pudo haber conciertos para piano. En lo que a nosotros nos toca –la literatura, siempre la literatura– eso significa que un cambio en la forma de hacer libros comporta necesariamente un cambio en el contenido de esos libros, en lo que esos libros dicen. Y lo que es mucho más importante: en la forma en que esos libros son leídos.

Es verdad. No sólo es verdad que un poemario pequeño (pienso, por ejemplo, en el excelente El día que dejé de leer El País, de Jorge Riechmann, que recién he terminado) no se lee igual encuadernado en bellas tapas por el señor Hiperión que fotocopiado y grapado; que no se lee igual si una distribuidora más grande que la propia imaginación nos lo ha traído hasta París, Lima, Madrid, Buenos Aires o si un chaval nos lo ha entregado en mano en medio de la calle; que no se lee igual si cuesta diez euros que si cuesta uno; que no se lee igual impreso en anacrónico papel o en bits hipermodernos.

Y, sin embargo, hay cosas que aún no logro explicarme. Pero antes de decirles cuáles son esas cosas, permitan que me presente.

Me llamo Munir. En principio, mis condiciones materiales (participo en una editorial cooperativa, Ediciones Paralelo (probablemente este texto aparecerá en su blog), y en otra no tan cooperativa (o sí, si Upeidé, por ejemplo (dando por hecho que siga existiendo cuando yo termine esta frase), es una entidad cooperativa (es decir: si podemos llamar cooperación a lo que brota de la relación que una persona mantiene con otra o incluso consigo misma)) pero también independiente, donde percibo un sueldo raquítico como becario), mis condiciones, decía, deberían alejarme todo lo posible de la exclamación ¡Autoedítate, tonto! Y sin embargo aquí estoy, escribiendo esto que para muchas será un despropósito al que considerarán que ya han dedicado demasiado tiempo.

La cosa es que mi peripecia como autoeditor comenzó allá por el año diez, cuando con Los escritores bárbaros imprimíamos unos fanzines que empezamos a distribuir a cambio de dos euros por las terrazas de Lavapiés. En tres horas reunimos lo que antes apenas habríamos sido capaces de ganar en varias sesiones tediosas e interminables de clases particulares, así que supongo que en un sentido económico o social podemos decir que nuestra vida cambió en ese momento. O debería haber cambiado. Nuestro comandante en Jefe, más anciano y más exacto que los demás, nos informó de que un potencial comprador valora más un libro en el que ha gastado veinte euros que uno en el que ha gastado dos, por más que el libro –el contenido del libro, se entiende– sea el mismo. Aunque hoy sigo dudando de que esto sea así, tal vez ese fetiche nos alejó del hecho central e ineludible: es posible vivir de vender los propios fanzines por las terrazas de Lavapiés.

Fetiche es la palabra que vertebra este artículo. En principio, en mi cabeza estas líneas se dibujaban bajo la forma de una suerte de taller virtual de autoedición. La primera entrega se iba a llamar “El ISBN nuevo del Emperador”, e iba a ser –como ya habrán imaginado (el título no es precisamente opaco)– una interrogación que podríamos formular así: si sacar un ISBN no es obligatorio, y ya ni siquiera es gratis, ¿por qué demonios lo seguimos haciendo? Iba a continuar con otras entregas, aburriendo a los lectores con tutoriales sobre programas de maquetación y relaciones con imprentas, pero alguna instancia desconocida a la que no puedo sino estar agradecido me persuadió de que aquello era una mala idea, y ahora me limito a escribir esto.

Hasta donde yo sé, el ISBN es un número con validez internacional que viene a servir para identificar un libro de manera única. Al principio, como parece cabal, una agencia estatal lo proveía de forma gratuita. Si bien hoy no es obligatorio pedir ese número, tal vez hace tiempo lo fuera, cuando era gratis tramitarlo. Como tantas otras cosas, sin embargo, dicha agencia fue privatizada (mejor: desnacionalizada) y ahora la gestión del numerito cuesta entre cuarenta y cuarenta y cinco euros que cualquier editorial se puede permitir. Lo que sí es gratis (y obligatorio) es el número de Depósito Legal, que además trae aparejada la obligación de entregar cuatro ejemplares con los que se cumple con un decreto de los tiempos de Alfonso Décimo y bla, bla, bla. A lo que iba: sacar un ISBN es opcional, no es gratis (de hecho es caro (para mí es caro)) y aún no he dado con la librería que se haya negado a aceptar los libros de nuestra editorial porque no lo tengan. Entonces: ¿qué fuerza oscura e insondable impele a los editores a gastarse cientos o miles de euros en tramitar esos números tan arbitrarios? Probablemente, la misma que hacía que nuestro Jefe nos dijera: “poned el libro a veinte euros, que si no la gente ni lo va a abrir”.

Cuando los e;bés íbamos por ahí vendiendo nuestros libros, ocurría algo muy curioso. Un amigo mío llamado Juntaletras Blissett había impreso un libro que calificaría de trash si ese adjetivo no me produjera un poco de urticaria: un libro con una portada negra, producto de una imprenta que a todas luces no estaba preparada para acometer ese desafío. En ella se veía una cámara y de fondo una imagen urbana de corte postapocalíptico. El libro, de hecho, se llamaba Experimentos de vigilia.

 

Experimentos de vigilia por Loro

Post-portada (algún día el mundo la entenderá)

 

Mis títulos, sin embargo (yo había impreso tres libros para tres cuentos y J. B. uno para tres cuentos), eran mucho más suaves (M, Los ojos blancos, Del otro lado), con una nota bastante esencialista o algo así, con unos preciosos dibujos muy minimalistas en las portadas; algo, en fin, mucho menos reconocible para el común de los lectores que toman una cerveza en Lavapiés a eso de las cuatro de una tarde cualquiera de junio.

 

Portada de Del otro lado

Portada claramente posicionada a favor del statu quo

 

Al Juntaletras le preguntaron mucho por el contenido de su libro; tanto como a mí. Pero a mí me pasó algo muy curioso. Si quieren saber qué es lo que me pasó –y me perdonan el cierre a lo tortugas ninja–, me esperan hasta la semana que viene, o hasta dentro de dos días, o hasta que Juntaletras Blissett (quien –sé que ya lo han adivinado– es quien edita este blog) tenga a bien publicar la segunda parte. Gracias.

To be continued tortugas ninja

Foto Munir
Modo lecturaMunir (Madrid 1989 – Ixtapalapa 2022). He publicado tres cuentos sueltos (M, Los ojos blancos y Del otro lado) y una novela (Los pistoleros del eclipse). Si echan de menos el nombre de... Leer más

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3 Responses

  1. 7 Noviembre, 2015

    […] El resto del ensayo, en el blog de Paralelo. […]

  2. 13 Noviembre, 2015

    […] iba diciendo en esta entrada, a mi compañero Juntaletras Blissett le preguntaron tanto como a mí por el contenido de su libro […]

  3. 14 Noviembre, 2015

    […] iba diciendo en esta entrada, a mi compañero Juntaletras Blissett le preguntaron tanto como a mí por el contenido de su libro […]

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