Agustín me debe dos horas (apuntes sobre «El hacedor Remake»)

Kodama vs. Fernández Mallo destacada

por Munir Hachemi

Kodama vs. Fernández Mallo destacada

En abril de 2012 apareció en la revista Variaciones Borges un texto titulado «Kodama versus Fernández Mallo». Lo firmaba Eduardo Becerra Grande, y contenía una minuciosa reconstrucción del caso que enfrentó a la viuda de Borges contra el famoso autor afterpop. Pisar sus huellas sería infructuoso; he preferido apropiarme de aquello que Becerra descubrió hace cuatro años y mirarlo bajo otra luz, una que nos permita pensar el caso de El hacedor Remake en nuevos términos. Si no me equivoco, es lo que Becerra quería: remover el relato de la lucha entre dos gigantes del marketing y hacerlo productivo para pensar algunos de los problemas centrales de la literatura de nuestros días.

Es posible resumir los capítulos del caso del siguiente modo:

en febrero de 2011 se publica la obra de Agustín Fernández Mallo, que ya desde el título evidencia su carácter de homenaje explícito al libro homónimo de Borges para someterlo a un proceso de reelaboración pero que, no obstante, calca su estructura: repite las secciones y los títulos de cada uno de los textos del original. También el prólogo y el epílogo reproducen casi literalmente los de El hacedor de Borges. Más allá de esas equivalencias, el resto del libro somete a transformaciones notorias los textos originales a partir de estrategias múltiples. Siete meses después, cuando el libro de Fernández Mallo ha sido largamente publicitado, frecuentemente reseñado, profusamente distribuido y su circulación por el mercado editorial ha cumplido casi por completo su ciclo “vital”, María Kodama —a través de sus abogados o tal vez del agente encargado de velar por los derechos de autor de Jorge Luis Borges— y, como ella misma parece haber reconocido, “sin haber leído” el nuevo Hacedor, exige su retirada de las librerías. De inmediato, Alfaguara accede a esa solicitud.

No discutiré, como se ha hecho tantas veces, la pertinencia de la legislación española. Me parece que si en el seno de un campo literario nacional los agentes últimos que luchan por el valor simbólico –los escritores– son incapaces de problematizar una paradoja tan evidente como la que Eduardo Becerra señala en su artículo (paradoja que pasaré a explicar en cuanto termine este párrafo) la parte jurídica pasa a ser secundaria. Sí declararé, por amor a la ironía y a la contradicción, que soy incapaz de reprimir una sonrisa cuando veo cómo una legislación –la española– que sólo es capaz de retirar un libro del mercado porque considera que su autor (Borges) es una «marca registrada» colisiona con un autor que defiende que el mercado literario lo abarca todo, que no tiene afuera, y que por lo tanto no vale la pena luchar (véase su ensayo sobre «postpoesía»). Fernández Mallo, entonces, agencia la queja contra Fernández Mallo por algo que Fernández Mallo ha hecho, y aun hay más: si la legislación española no hace sino recoger las consecuencias de ese «crimen perfecto» del que hablaba Baudrillard (el asesinato de todo lo ajeno al mercado (/ lo real)), entonces no sólo no es –como afirma Vicente Luis Mora– anacrónica, sino que además es una legislación visionaria.

Establecida esa base silogística, que no hace sino corroborar, una vez más, la pobreza discursiva de «nuestro» campo literario, ahondemos en la paradoja que antes he citado. Como bien afirma Becerra, desterritorializando el sentido común en lo que al caso Kodama vs. Mallo se refiere, este enfrentamiento viene a poner en tela de juicio la radical contradicción que se halla en el centro de la –autoproclamada– posmodernidad literaria española: pretende deconstruir el gran invento de la modernidad europea, el sujeto libre (a través, se entiende, del plagio, que no vendría sino a impugnar la idea de que y yo somos únicos, y que por lo tanto no debe haber trasvase alguno entre nuestras obras (originalísimas ambas, claro está)) y el copyright, que es el reflejo super-super-estructural de la idea super-estructural de que un individuo tiene derecho a la propiedad privada no sólo sobre la materia, sino también sobre las ideas, sobre los pensamientos. Conclusión: no existe el Yo a no ser que haya algún cheque que cobrar.

La contradicción es –como toda desterritorialización– productora potencial de interesantísimas ideas –reterritorializaciones– que le den solución. Sin embargo, como el propio Eduardo Becerra diagnostica, en la superficie del campo literario español esa brecha no ha dado lugar sino a un pobre manifiesto basado (y agotado) en el postulado de que «Borges habría hecho lo mismo». Digo en la superficie, sí, porque en casos como éste los verdaderos debates literarios discurren bajo tierra, es decir, huyen de los suplementos culturales de los diarios para instalarse en las tertulias de los bares, de las plazas o de los sofás. Probablemente, en las sesiones de «Crítica Feroz» que Batania celebra los domingos (el día libre del trabajador (pronto veremos por qué esto es importante)) en el café-librería «Vergüenza Ajena», esta discusión habría sido mucho más fructífera de lo que resultó ser entre la intelectualidad visible de nuestro país. Se me ocurre que una pregunta sencilla habría sido formulada: si queremos ser profesionales liberales, esto es, lucrarnos con las ganancias que nos reporte nuestro trabajo; si queremos decidir «libremente» a qué postor vendemos dicho trabajo (si, en fin, nos sentimos herederos de Cervantes)… ¿cómo podemos permitir que alguien haga lo que ha hecho Fernández Mallo? ¿Podemos dejar que cualquiera copie nuestro trabajo (cuyo valor se basa en la originalidad) y lo ponga en el mercado antes que nosotros? No, claro que no, no podemos. En cambio, si somos nómadas de la literatura, agentes de las corrientes subterráneas que la recorren, estamos libres de las estructuras mentales que se le imponen al asalariado, y podemos problematizar mejor esa contradicción, esa grieta.

Creo que ésa es la razón de que ninguno de los «trabajadores de la escritura» que pueblan la superficie del campo literario español haya sido capaz de articular una crítica profunda ante esta contradicción. En una tertulia de bar sí habría sido posible. El discurso más válido, en este caso, está tristemente (para la comunidad, claro, no para quienes lo pronuncian) condenado a la invisibilidad, porque la superficie del campo se define por la visibilidad que le conceden las estructuras del poder.

Hasta ahora, mis argumentos pueden ser fácilmente problematizados. Basta con preguntar: «entonces, ¿cómo pudo Borges hacer convivir una escritura basada en buena parte en la falsa atribución y el deliberado anacronismo (id est, en el apropiacionismo) con una exitosa carrera de escritor?». La respuesta más sencilla –y aun así, la correcta– es «porque Borges no fue un apropiacionista». Como bien apunta Becerra en su artículo, la técnica del copia-pega de Fernández Mallo no es –como éste pretendiera hacernos creer, llamando a Borges «el más ilustre personaje de esa corriente estética llamada apropiacionismo»– ni remotamente similar a la de Borges. Recuperemos los tres ejemplos que el propio Becerra nombra. En «El Fin» Borges no reproduce un fragmento del Martín Fierro, sino que despliega una (inteligentísima) labor crítica a partir de dicho texto. En «Biografía de Tadeo Isidoro Cruz» Borges no plagia, sino que retematiza un relato ajeno para incorporarlo a la lógica de su propia obra (en rigor, esta compleja operación es lo que debería llamarse apropiacionismo, y no el collage de brocha gorda). En «La Biblioteca de Babel», Borges toma una idea de un mal cuento de Kurd Lasswitz y la convierte en una cifra del horror existencial que produce la imposibilidad de agotar una biblioteca (también, siguiendo a Sarlo: en una extraña distopía).

Tenemos entonces que Borges no era un apropiacionista. Pero una mente obstinada en evitar sutileza alguna replicaría que Pierre Menard sí lo era. Y sí, Pierre Menard sí era un representante del apropiacionismo en el mejor sentido: el que busca reubicar un mismo objeto físico en dos contextos diferentes, variando su función como dispositivo. En rigor tampoco era tal cosa, pero así es como lo leemos. Da igual. Lo que quiero subrayar es que Borges nunca publicó un capítulo del Quijote bajo su firma; prefirió inventar un personaje llamado Pierre Menard que lo hiciera por él. Así, problematizó la lectura deshistorizada (un acto revolucionario, por cierto) al tiempo que dialogaba con un simbolista francés y prefiguraba la óptica relacional que hoy muchos utilizamos para leer.

Es sabido que el sustento vital de Borges no dependía de sus ganancias como escritor. Así, no era tanto un escritor como un autor, una autoridad que emitía juicios sobre la literatura dentro y fuera de sus textos. Fernández Mallo, sin embargo, es un escritor, alguien que se debe a su patrón y que está inserto en una lógica de mercado mucho más dura que la que rodeó a Borges la mayor parte de su vida. A veces, Borges iba a la sede de Emecé a ver a su editor, con quien se conocía. Tomaba un café por el camino y pasaba a buscar a Bioy. Llegaban a la editorial, saludaban al editor y a los cajistas y revisaban, con calma, unas galeradas (véanse los diarios de Bioy). Fernández Mallo (en realidad lo desconozco, sólo elucubro) llama por teléfono a su agente para que llame por teléfono a algún representante de Alfaguara que negociará con él los términos justos del contrato de edición. No me malinterpreten: estoy rompiendo una lanza a favor de Agustín Fernández Mallo. Si Borges pudo problematizar el «yo» y la noción de autor, si pudo afirmar que un hombre es todos los hombres o incluso que él mismo era Shakespeare es porque su modus (super)vivendi no dependía de la existencia de la ideología del copyright. En el caso de Fernández Mallo ocurre lo contrario. Al mismo tiempo, claro, todo depende de las circunstancias históricas en las que cada uno nació y se desarrolló.

Borges Laberinto

Antes de terminar, creo que debo declarar algo que aún ha sido dicho. El debate sobre la retirada del mercado de El hacedor Remake –en el que yo me ubico con todas aquellas personas que se han posicionado en contra de la forma –digamos– megalomaníaca en que Kodama ha gestionado los derechos de su (¿ex?)marido (véase la foto del laberinto arriba expuesta)– ha eclipsado un hecho insoslayable: El hacedor Remake es un bodrio. Miento: hay algunas piezas valiosas. Son aquellas que coinciden en más de un 95% con el léxico de las originales, las de Borges. Me refiero al prólogo, al epílogo, y a «Borges y yo», que recuerde. Lo demás son textos de Fernández Mallo que no guardan relación alguna con los de Borges, como el larguísimo «Mutaciones». Capítulos que a mi entender carecen de valor, pero que tal vez algún experto en transmedia pueda llegar a disfrutar con algo de esfuerzo. Y después llega el horror. La parte de El hacedor que Borges reservó para sus poemas había de ser la más difícil de reescribir, es obvio, y Mallo nunca superó ese escollo. Y así comienza el chiste malo, patético: casi diríamos inmoral.

Poema de los dones

don, don,
ding ding don
don, don,
[toma Lacasitos]
don, don
ding ding don
[verás qué buenos están]

Hay más:

Lucas, XXIII

Lucas-Pedro —— X
Lucas-Mateo —— X
Lucas-Pablo —— I
Lucas-Judas —— I
Lucas-Santiago — I

(o el origen
de la Quiniela)

Aunque también los hay que no carecen de algún ingenio remoto (pero quizá sólo nos lo parece por contraste):

In memoriam A. R.

   B C
D E F
G H I
J K L
M N Ñ
O P Q
S T
U V W
X Y Z

Nadie me acuse de no tener sentido del humor: es precisamente el sentido del humor el que me empuja a ofenderme por artefactos como el que sigue.

Poema Fernández Mallo

Termino. Mallo y otros autores –autoproclamados– posmodernos han razonado en numerosas ocasiones que el propio Borges habría dado su visto bueno al Remake, o incluso que lo habría perpetrado él mismo. Cito de Becerra:

La mayor parte de las reacciones en contra de la retirada del libro han aducido un motivo ya presente en el comunicado de Alfaguara: el hecho de que resulta más absurda y paradójica si cabe esa censura cuando compete a un autor, Jorge Luis Borges, que precisamente habría consagrado y dado dignidad literaria a los mismos recursos puestos en juego por Fernández Mallo: “No hay tema más borgeano que el de la apropiación creativa de un texto ajeno”, ha señalado Juan Villoro, en una frase que resume a grandes rasgos lo fundamental de los argumentos expuestos. Por su parte, el escritor afterpop español Eloy Fernández Porta, que comparte principios estéticos con Fernández Mallo, nos deja una afirmación que reúne los dos lados del problema y nos enfrenta a su difícil deslinde: “¿Es legítimo que dos libros distintos tengan el mismo índice? La respuesta compete a la teoría de las artes y no a la legislación sobre derechos de autor, que, al parecer, en algunos de sus extremos, constituye una forma punitiva de una concepción de la literatura que no existe ya, o no debiera.”

No abundaré en el contraargumento con el que creo haber demostrado que todo lo que leemos arriba es esencialmente falso. La gran cuestión que no se ha abordado es: ¿por qué Agustín Fernández Mallo, en lugar de enarbolar la marca Borges, no enarboló la marca Arlt (por ejemplo) para justificar el plagio? Roberto Arlt podría haber sido el «ilustre personaje» que buscaba Fernández Mallo: su maestro del plagio. En rigor, cualquiera de los infinitos editores piratas que poblaron la Argentina podría haberlo sido. Pero la marca Borges es mucho más prestigiosa que la marca Roberto Arlt. Para una serie de escritores que buscaban desesperadamente un autor al que simplificar hasta la arcada en sus posmodernos afanes, Borges se ofrecía como una flor abierta y lista para el mordisco. Borges el bibliotecario, claro, el Ciego Célebre (la sentencia es de Premat) que vivía en un mundo de símbolos, en esa honda biblioteca de los sueños, quien prefiguró la física cuántica en «El jardín de senderos que se bifurcan» (?) y a Google en «El Aleph» (?): Borges el posmoderno. Para hacer esa lectura –que peca de un inobjetable snobismo intelectual, pues evita mancharse abrazando a Arlt, el marxista Arlt, el refrito de Dostoievski– sólo tuvieron que ignorar aproximadamente el 60% de la obra visible de Borges. Por otra parte, nada de esto ha de sorprender a quien haya seguido los razonamientos de este texto. Un escritor asalariado jamás podría montar en la montaña rusa de Parra y agitar el campo asumiendo sin hipotecas la defensa del plagio; sin embargo, sí que puede vestirse con esa marca para elaborar un producto atractivo para sus consumidores.

He terminado. Por un gracioso avatar del destino, yo nací demasiado tarde y no pude intervenir en la discusión sobre el Remake. No importa: tal vez sólo es dado pensar esta clase de problemas desde su propio extrarradio, desde su línea de fuga. Después de todo, ¿quién puede afirmar que vio un espejo alguna vez?

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1 Response

  1. Leo Cuidado dice:

    Perdón, pero ¿quién es Fernández Mal(l)o? ¿El que jugaba al tenis con el armenio Khachatur Khachatryan, mientras hacían los mandados de la multinacional de márketing “Alfaguara, Kodama & Co.”?

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